Captura de pantalla | @damianmariavoz IG

La salida del sacerdocio de Damián María Montes, redentorista conocido por su participación en La Voz España y por su intensa actividad en redes sociales, no debe leerse solamente como un hecho personal o aislado. También puede ser vista como un ejemplo de cómo Dios cuida a su Iglesia, permitiendo que tarde o temprano las contradicciones doctrinales terminen manifestándose.

Durante años, Montes promovió públicamente posturas de corte liberal y modernista. En 2020 sostuvo que la doctrina podía cambiar y presentó esa posibilidad como una acción del Espíritu sugerida por los “signos de los tiempos”. Posteriormente defendió una comprensión de la homosexualidad y de las parejas del mismo sexo que difuminaba peligrosamente la diferencia entre acoger a las personas y aprobar moralmente sus relaciones.

No corresponde burlarse de él ni condenar su alma. Solo Dios conoce plenamente las circunstancias de su decisión. Como católicos, debemos rezar por su conversión, por su salvación y por todas las personas que puedan sentirse confundidas a raíz de este hecho.

Pero respetar a la persona no significa guardar silencio ante sus errores.

La salida de Montes muestra una verdad incómoda: cuando un ministro comienza a sembrar dudas sobre la doctrina que juró custodiar, la contradicción no permanece oculta para siempre. Dios no abandona a su Iglesia. A veces permite que aquello que estaba desordenado interiormente se haga visible exteriormente, no para que nos burlemos de nadie, sino para que los fieles aprendan a distinguir entre la voz de Cristo y la voz del mundo.

Ese es el mecanismo habitual del modernismo: primero afirma que solo quiere cambiar el lenguaje; después modifica el enfoque pastoral; finalmente exige que la doctrina se adapte a aquello que el mundo ya decidió considerar aceptable.

La verdadera misericordia nunca se construye sobre la mentira. La Iglesia debe recibir con respeto, compasión y delicadeza a las personas homosexuales, evitando toda discriminación injusta. Así lo enseña expresamente el Catecismo. Pero el mismo Catecismo afirma que el matrimonio es la alianza entre un varón y una mujer, y que la sexualidad encuentra su lugar moral dentro de esa unión.

Aceptar a una persona no significa convertir todos sus deseos en derechos, sacramentos o nuevas verdades doctrinales.

El “rito propio” que esperaba Montes

Existe una declaración de Damián María Montes que permite comprender hasta dónde llegaba su postura. En un video publicado en TikTok, se le preguntó si las personas homosexuales podrían algún día casarse por la Iglesia.

La respuesta correcta de un sacerdote católico debía comenzar aclarando que el matrimonio sacramental solo puede existir entre un hombre y una mujer. No porque la Iglesia quiera excluir arbitrariamente a algunas personas, sino porque no posee autoridad para cambiar la naturaleza de un sacramento instituido por Cristo.

Montes eligió otro camino.

Expresó su esperanza en la “búsqueda de un modo propio de celebración” y habló de un posible “rito propio dentro de la Iglesia”. Además, mencionó las propuestas promovidas por algunas conferencias episcopales, especialmente en Bélgica y Alemania.

Sus palabras resultan especialmente graves porque él mismo reconoció que esas propuestas eran disruptivas respecto de la doctrina. Es decir, no ignoraba la ruptura: la identificaba y, pese a ello, la presentaba como una esperanza cuyo desarrollo la Iglesia debía aprender a gestionar.

Aquí ya no estamos ante una simple petición de respeto hacia las personas homosexuales. Tampoco ante una bendición espontánea de una persona que solicita la ayuda de Dios. Estamos ante la expectativa de crear una celebración eclesial específica para una relación que no puede constituir matrimonio y cuya expresión sexual la moral católica no puede aprobar.

Eso no es acompañamiento pastoral. Es inducir a las personas a esperar que la Iglesia termine contradiciendo aquello que recibió de Cristo.

El bautismo concede a todo fiel una verdadera dignidad dentro de la Iglesia, pero no concede el derecho a redefinir los sacramentos. Nadie, heterosexual u homosexual, puede exigir que la Iglesia transforme sus deseos particulares en una nueva realidad sacramental. Los sacramentos no nos pertenecen: pertenecen a Cristo.

También resulta revelador el uso de la palabra “esperanza”. La esperanza cristiana consiste en confiar en que la gracia puede convertirnos y conducirnos hacia la verdad. Montes, en cambio, parecía colocarla en que la doctrina terminara cediendo.

Esa es la inversión modernista del Evangelio: ya no se espera que el hombre cambie ante Dios, sino que Dios cambie sus mandamientos ante el hombre.

La posterior declaración *Fiducia supplicans* fue explícita: pueden existir bendiciones pastorales espontáneas, pero son inadmisibles los ritos que produzcan confusión con el matrimonio. El documento prohíbe establecer un ritual específico para parejas del mismo sexo y reafirma el matrimonio como unión exclusiva, estable e indisoluble entre un varón y una mujer.

Por eso, la postura de Montes debe criticarse con claridad. Un sacerdote que reconoce que una propuesta rompe con la doctrina y aun así la presenta como una esperanza no está construyendo puentes: está debilitando sus cimientos.

No está aclarando la fe de los fieles, sino sembrando la expectativa de que aquello que hoy es verdadero mañana podría dejar de serlo.

Cuando el sacerdote pretende corregir a la Iglesia

Un sacerdote no recibe la ordenación para corregir a la Iglesia, sino para transmitir fielmente la fe recibida. Cuando comienza a decir “yo creo que la Iglesia debería cambiar”, deja de hablar como custodio del depósito de la fe y empieza a comportarse como ideólogo.

Y cuando utiliza su popularidad para sembrar dudas sobre aquello que debería enseñar con claridad, el daño puede alcanzar a miles de almas.

No es valentía adaptar el Evangelio al mundo. Es rendición.

Aquí aparece también el peligro del sacerdote convertido en celebridad. Las redes sociales pueden ser magníficos instrumentos de evangelización, pero poseen una lógica implacable: recompensan la novedad, la imagen, el escándalo y la aprobación inmediata.

Poco a poco, el ministro puede dejar de preguntarse qué quiere Cristo y comenzar a preguntarse qué discurso le dará más seguidores.

El mundo aplaude al sacerdote mientras contradiga a la Iglesia. Lo presenta como “valiente”, “abierto” y “moderno”. Pero cuando finalmente abandona el sacerdocio, ese mismo mundo continúa buscando al siguiente clérigo dispuesto a repetir sus consignas.

La advertencia de Francisco sobre los seminarios

En este contexto resulta imposible olvidar la expresión utilizada por el papa Francisco en mayo de 2024 durante una reunión privada con los obispos italianos. Según diversos testimonios, Francisco afirmó que ya había demasiada *frociaggine* en los seminarios, término vulgar que fue traducido como “mariconería” o “mariconeo”. Posteriormente pidió disculpas a quienes se sintieron ofendidos por la palabra.

La expresión pudo resultar fuerte y desafortunada en su forma, pero fue también una manera cruda de señalar una realidad que existe dentro de la Iglesia y que muchos prefieren callar: la presencia de ambientes clericales marcados por complicidades, redes internas, ideologías sexuales y corrientes contrarias a la moral católica.

En ese sentido, fue bueno que Francisco remarcara el problema. No porque la vulgaridad de la frase deba tomarse como modelo, ni porque sirva para insultar a nadie, sino porque puso sobre la mesa una realidad que no puede seguir escondiéndose detrás de discursos ambiguos o de falsas acusaciones de falta de caridad.

La Iglesia distingue entre la dignidad de una persona, las tendencias que pueda experimentar y la promoción activa de una ideología o “cultura gay”. Precisamente por ello, las normas de la Santa Sede establecen que no deben ser admitidos al seminario quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias profundamente arraigadas o sostienen dicha cultura.

Esto no demuestra ni permite insinuar nada sobre la vida privada de Damián María Montes. La crítica debe limitarse estrictamente a sus declaraciones y posiciones públicas.

Sin embargo, sus ideas sí representan esa corriente liberal que pretende reemplazar la conversión por la convalidación, la doctrina por el sentimiento y la verdad revelada por las exigencias culturales del momento.

Cristo no abandona a su Iglesia

Estoy convencido de que Dios cuida a su Iglesia. Esto no significa que podamos afirmar que Dios provocó la salida de Montes como un castigo particular. Los juicios sobre su conciencia y responsabilidad definitiva pertenecen solamente al Señor.

Pero sí podemos reconocer que la Providencia permite que las contradicciones terminen manifestándose. Cuando un ministro predica una doctrina ambigua, relativiza la moral católica y presenta como esperanza aquello que contradice la fe recibida, tarde o temprano queda al descubierto que su problema no era solamente pastoral, sino doctrinal.

Las declaraciones de Montes muestran que su deriva no apareció repentinamente cuando abandonó el ministerio. La grieta doctrinal llevaba tiempo abierta. Su salida no nos autoriza a juzgar su alma, pero sí nos obliga a examinar los frutos públicos de una predicación que fue sustituyendo la conversión por la adaptación cultural.

En ese sentido, este caso debe servir como advertencia. Dios cuida a su Iglesia incluso permitiendo que algunos modernistas dejen de ocupar lugares desde los cuales podían seguir confundiendo a los fieles. No se trata de celebrar la caída de una persona, sino de agradecer que Cristo no permite que el error tenga la última palabra dentro de su Iglesia.

La Iglesia puede sufrir por los pecados, infidelidades y confusiones de sus ministros, pero el depósito de la fe permanece. Los sacerdotes pasan, los influencers desaparecen y las modas culturales envejecen. Cristo permanece.

Recemos por Damián María Montes, pero no convirtamos su partida en una celebración del relativismo. Recemos también por los sacerdotes fieles que trabajan silenciosamente, sin cámaras ni aplausos; por aquellos que celebran la Eucaristía, confiesan, visitan enfermos y prefieren ser rechazados por el mundo antes que traicionar la verdad.

La Iglesia no necesita ministros que la adapten al mundo. Necesita pastores que ayuden al mundo a encontrarse con Cristo.

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