El 8 de junio, el Papa León XIV recibió una ovación de casi diez minutos por parte de los miembros del Parlamento español tras un extenso discurso en el que elogió elementos clave del patrimonio español y abogó por una legislación basada en la protección de la dignidad humana desde la concepción hasta la muerte natural. La defensa de la vida humana, recalcó, no es una cuestión partidista, sino «un objetivo de la civilización».
En su intervención en el Congreso de los Diputados en Madrid, el Papa León XIV afirmó que “más allá de la legítima diversidad de posturas, toda tarea legislativa se enfrenta en última instancia a una cuestión decisiva: ¿qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construyen esas leyes?”.
“En este sentido, España posee una herencia particularmente rica”, continuó, afirmando que su identidad geográfica y política está ligada a una historia rica en fe, razón, arte y derecho.
También hizo hincapié en la importancia de una legislación que sirva a la dignidad de la persona humana, que fue creada para Dios.
«España ha sabido ver al ser humano como algo más que un engranaje en el orden social, económico o político», afirmó. «Ha reconocido al ser humano como una criatura abierta a la verdad, dotada de libertad e impulsada por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal puede saciar; en resumen, como alguien cuya dignidad prevalece sobre toda utilidad y a cuyo servicio está sujeta la acción legislativa».
El Papa también subrayó la importancia de salvaguardar los derechos humanos fundamentales, incluso si no gozan de popularidad entre la mayoría. Afirmó que «uno de los grandes legados de España» es «haber unido la acción histórica con la claridad de la razón moral», citando sus esfuerzos por construir la paz no mediante la «imposición de la fuerza», sino reconociendo a la persona humana. Añadió que los parlamentarios españoles continúan estos esfuerzos al considerar «cómo asegurar que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría salvaguarde los bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede vulnerar legítimamente».
Reflexionó sobre el legado de la Universidad de Salamanca, recordando cómo hace unos 500 años los eruditos religiosos contribuyeron a afirmaciones clave sobre la dignidad humana y los límites del poder humano, en un contexto de nuevos mundos que se abrían ante nosotros. Posteriormente, estableció un paralelismo entre ese punto de inflexión histórico y la actualidad, afirmando que el trabajo de los funcionarios públicos hoy en día se configura en medio de los “nuevos mundos” que se despliegan en la tecnología, la biomedicina y la economía.
El Papa pide protección de la vida desde la concepción hasta la muerte natural
En medio de estos cambios, el Papa León X afirmó: “Nuestro discernimiento debe centrarse en el lugar que ocupa la persona humana en nuestra toma de decisiones y en cómo la dignidad del trabajo, la solidaridad, la política social y el bien común se abordan hoy de nuevas maneras”.
«Este discernimiento parte de una afirmación fundamental: toda sociedad verdaderamente justa se fundamenta en el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana», afirmó. «Tal dignidad precede a cualquier concesión del Estado y no puede subordinarse a un consenso social cambiante ni a los caprichos de la mayoría en un momento dado».
Todo ser humano posee esta dignidad, simplemente por el hecho de existir, enfatizó, “y por esta razón, debe guiar todo sistema jurídico positivo”.
Dijo que el cristianismo entiende esto a través de la Revelación Divina y que la razón humana también puede discernir esto como una realidad del hombre, y que cuando se defiende esta creencia, la ley salvaguarda a todas las personas y protege “contra la imposición de intereses y agendas particulares”.
El papa Francisco advirtió contra la “cultura del usar y tirar”, que amenaza a la sociedad, continuó.
«Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades?», dijo. «¿Puede considerarse plenamente justa una comunidad que relega a la sombra al niño no nacido, al anciano, al enfermo, a quienes sufren en silencio o a quienes dependen por completo del cuidado de otros?»
La defensa de la vida humana no es una cuestión partidista ni un interés confesional: es un objetivo de la civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y protegida desde la concepción hasta su fin natural, en todas las circunstancias de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas, y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a toda persona. Por ello, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar las vidas más frágiles.
Instó a los parlamentarios a elaborar leyes que prioricen el bien común sobre los intereses individuales y, en particular, destacó la importancia de proteger la vida familiar. Asimismo, hizo hincapié en la importancia de la educación, señalando que la colaboración entre las instituciones educativas y las familias debe respetar siempre a la familia como principal educadora de los niños.
Migración e inteligencia artificial en el ámbito militar
El Papa también destacó lo que describió como la urgente cuestión moral y legal de la migración, afirmando que la situación de los migrantes y refugiados exige centrarse en las personas, ir «más allá de la mera gestión de los flujos migratorios» y abordar las causas profundas que los obligan a huir. Hizo un llamamiento para que se ofrezcan vías seguras y legales y se promueva «el derecho a permanecer en la propia tierra», trabajando para mitigar las razones que llevan a las personas a emigrar. El Papa también llamó la atención sobre las rutas peligrosas que hacen que las personas sean vulnerables a los traficantes y contrabandistas, y pidió una mayor prevención y asistencia para las víctimas.
También denunció la discriminación contra los migrantes y refugiados, afirmando: «Dondequiera que se discrimine a las personas por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se viola gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos».
Al abordar los desafíos en el ámbito internacional, el Pontífice subrayó la importancia de buscar la paz mediante el diálogo, la justicia y el respeto al derecho internacional. En particular, hizo un llamamiento a una «supervisión rigurosa» de la inteligencia artificial (IA) en las fuerzas armadas para garantizar que las decisiones de vida o muerte «nunca se dejen en manos de sistemas automatizados ni se desvinculen de la responsabilidad moral de la persona humana».
Libertad de conciencia y de religión, y protección del secreto de confesión
Tras destacar que la paz también es fruto de la conciencia, se centró en la importancia de proteger la libertad de conciencia y de religión. La libertad, explicó, «no significa simplemente estar libre de coacción o tener muchas opciones; significa ser capaz de reconocer el bien y comprometerse con él de manera responsable».
«Por esta razón, toda sociedad verdaderamente libre requiere también una limitación adecuada del poder público, para que la libertad de los individuos, las comunidades y las asociaciones no se vea indebidamente restringida», afirmó, citando la encíclica Dignitatis Humanae . «Desde esta perspectiva, la legítima autonomía del orden temporal nunca debe considerarse hostil a la religión. La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coacción; sin embargo, tampoco puede ser silenciada como si fuera irrelevante para la vida pública».
En vista de ello, el secreto de confesión es especialmente importante para la Iglesia Católica, afirmó el Papa León XIV.
«Forma parte del ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes su propio espacio para la vida, la organización y la disciplina interna», afirmó. «Protegerlo legalmente, como se hace de manera similar en algunas profesiones, significa preservar un espacio sagrado de libertad interior, donde el creyente puede abrir su alma a Dios sin temor a presiones externas, tal como reconocen también las normas internacionales».
El Pontífice concluyó su intervención orando por la prosperidad de España y haciendo un llamado a la renovación moral, destacando que España puede contribuir significativamente a ello a través de su lengua y su tradición espiritual, jurídica y cultural. Asimismo, animó a los legisladores a reflexionar sobre cómo la libertad moderna se ha cultivado mediante «una larga formación de la conciencia, profundamente marcada por la tradición cristiana», y reiteró su mensaje de fundamentar la ley en la dignidad humana.
“La ley debe estar al servicio del bien, la justicia debe poner límites a la fuerza, el poder debe requerir legitimidad, los pobres deben pertenecer plenamente a la comunidad, el extranjero debe ser acogido de acuerdo con su dignidad y la vida humana nunca puede ser tratada como una mercancía.
“Una ley no alcanza su verdadera grandeza simplemente por haber sido promulgada formalmente; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede resistir la dignidad de la persona y superar esa prueba sin vergüenza”.

