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Por: Francisco Serrano

Estamos a pocas horas de que inicie la justa deportiva más grande del planeta. El Mundial de Fútbol volverá a colocar a México ante los ojos del mundo y, como suele suceder en estos eventos, millones de personas contemplarán estadios llenos, ceremonias espectaculares y una fiesta que promete unir a naciones enteras alrededor de un balón.

Y el fútbol merece celebrarse.

Después de todo, como decía Jorge Valdano, el fútbol es “lo más importante de las cosas menos importantes”. Tiene la capacidad de despertar emociones, generar identidad y regalar momentos de alegría compartida.

Sin embargo, esta fiesta también ha dejado al descubierto otra cara de México: la cara que muchas veces se intenta ocultar detrás de la narrativa oficial.

En la Ciudad de México, las obras de último momento, los arreglos apresurados de espacios públicos y las intervenciones realizadas contra reloj han evidenciado la falta de planeación con la que se preparó un evento de esta magnitud. Mientras el país se alista para recibir turistas de todo el mundo, miles de ciudadanos enfrentan diariamente el caos vial, la improvisación y la incertidumbre derivadas de proyectos inconclusos.

Por otra parte, en ciudades como Guadalajara y Monterrey han circulado imágenes de vallas publicitarias colocadas para ocultar zonas deterioradas o espacios marcados por la pobreza. Más allá de la discusión sobre la intención concreta de estas acciones, el simbolismo resulta inquietante: pareciera que, en ocasiones, importa más la percepción del visitante que la transformación real de las condiciones de vida de quienes habitan el país todos los días.

Mientras tanto, la tensión social continúa creciendo.

Las protestas de maestros agrupados en la CNTE, que reclaman promesas incumplidas en materia salarial y de pensiones, han amenazado incluso con afectar el desarrollo del torneo. Miles de docentes mantienen huelgas y movilizaciones para exigir respuestas a demandas que, aseguran, llevan años esperando solución.

A ello se suman otros reclamos sociales: familias buscadoras que siguen recorriendo el país en busca de los restos de sus hijos desaparecidos; ciudadanos que denuncian inseguridad; sectores que sienten que el progreso prometido nunca llegó a sus comunidades.

Sin embargo, desde el discurso oficial se insiste en que todo está bajo control y que gran parte de las críticas obedecen a intentos de sabotaje político o a campañas para desacreditar al gobierno. Pero resulta difícil sostener esa explicación cuando una madre llora porque no encuentra a su hijo desaparecido, o cuando un maestro protesta por condiciones laborales que considera injustas. El dolor humano no puede reducirse a una estrategia de oposición.

Cada vez se hace más evidente que la llamada transformación prometida por el partido hegemónico enfrenta una profunda contradicción: haber construido una narrativa centrada en “primero los pobres”, mientras amplios sectores de la población siguen experimentando abandono, precariedad y desesperanza.

Y es precisamente aquí donde los católicos tenemos algo importante que decir.

México es un país profundamente marcado por la fe. Un país guadalupano. Un país donde millones de personas siguen encontrando en el Evangelio una guía para comprender la realidad y actuar dentro de ella.

Por eso, esta otra cara de México no puede quedar oculta detrás de la fiesta mundialista ni pasar a segundo plano. Amar a nuestro país implica también reconocer sus heridas. No para instalarnos en el pesimismo o en la confrontación permanente, sino para asumir la responsabilidad de sanar aquello que está roto.

Como recordaba San Marcelino Champagnat, estamos llamados a formar “buenos cristianos y virtuosos ciudadanos”.

México tiene una gran tarea por delante, y no consiste solamente en organizar un Mundial exitoso o recibir el aplauso internacional durante algunas semanas.

La verdadera tarea consiste en reconstruir el tejido social desde la verdad, la justicia, la solidaridad y los valores que dieron identidad a nuestra nación. Consiste en volver a mirarnos como hermanos, incluso cuando pensamos distinto. Consiste en recuperar la empatía por el más vulnerable y la responsabilidad por el bien común.

Disfrutemos del fútbol. Celebremos los goles, las victorias y la alegría que este deporte puede ofrecer.

Pero no olvidemos que, cuando el último silbatazo termine y las luces del estadio se apaguen, México seguirá esperando que sus hijos tengan el valor de construir un país más justo, más fraterno y más humano.

Porque el Mundial será apenas unas semanas.

Pero la misión de reconstruir nuestra patria nos corresponde todos los días.

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