A screenshot of Fr. James Martin, S.J., giving a March 2018 a presentation titled "Spiritual Insights for LGBT Catholics". (YouTube)

Las recientes declaraciones del padre James Martin, S.J., en las que sostiene que la Iglesia debería dejar de considerar la homosexualidad como un impedimento para el sacerdocio, han vuelto a colocar sobre la mesa uno de los debates más delicados de la vida eclesial.

Para muchos católicos, no se trata simplemente de una diferencia de opinión pastoral. La razón es sencilla: la Iglesia ya se ha pronunciado de forma clara sobre los criterios para el discernimiento de las vocaciones sacerdotales.

La Iglesia distingue entre la dignidad de la persona y la idoneidad para el sacerdocio

La doctrina católica enseña que toda persona posee una dignidad inviolable y debe ser tratada con respeto y caridad. También enseña que quienes experimentan atracción hacia personas del mismo sexo están llamados, como cualquier cristiano, a vivir la castidad.

Sin embargo, la Iglesia también establece que no toda persona reúne las condiciones para recibir el sacramento del Orden. Existen requisitos humanos, espirituales y morales que forman parte del discernimiento vocacional.

No se trata de un “derecho al sacerdocio”, sino de una vocación que la Iglesia tiene el deber de discernir prudentemente.

Lo que dicen los documentos oficiales

La Instrucción de la Congregación para la Educación Católica de 2005, posteriormente reafirmada por la Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis de 2016, establece expresamente que la Iglesia no puede admitir al seminario ni a las órdenes sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la llamada “cultura gay”. Vamos a ponerlo en blanco y negro: la Iglesia lo califica como una conducta objetivamente desordenada, porque es una conducta aprendida (no natural) que implica una desviación.

El documento no presenta esta norma como una recomendación opcional ni como una opinión susceptible de reinterpretación según las circunstancias culturales. Se trata de un criterio oficial para el discernimiento vocacional, aprobado por la Santa Sede.

Por ello, afirmar que la homosexualidad no debería ser considerada un impedimento para el sacerdocio supone proponer un cambio respecto de la disciplina actualmente vigente.

No es una cuestión de discriminación

Uno de los argumentos más frecuentes consiste en presentar esta disciplina como una forma de exclusión injusta.

Sin embargo, la Iglesia aplica numerosos criterios para determinar la idoneidad de un candidato al sacerdocio. Existen impedimentos relacionados con la madurez afectiva, la estabilidad psicológica, determinadas conductas, situaciones canónicas e incluso condiciones que pueden dificultar el ejercicio del ministerio.

El discernimiento sacerdotal nunca ha consistido únicamente en la buena voluntad del candidato.

La cuestión, por tanto, no es si una persona merece respeto, algo que la Iglesia afirma sin reservas, sino si posee las disposiciones que el Magisterio considera necesarias para ejercer el ministerio sacerdotal.

Un debate que ya fue respondido

Las declaraciones del padre James Martin suelen presentarse como un llamado a la inclusión pastoral.

No obstante, desde el punto de vista del Magisterio, el asunto no permanece abierto. La Santa Sede ya ha establecido los criterios que deben seguir los obispos y los seminarios al discernir las vocaciones.

Vaticano sobre las vocaciones sacerdotales y la homosexualidad

Por esa razón, numerosos católicos consideran que insistir públicamente en modificar estas normas no constituye simplemente una propuesta pastoral, sino una invitación a revisar una disciplina que la Iglesia ha reafirmado en repetidas ocasiones.

Fidelidad antes que popularidad

La Iglesia ha recordado durante siglos que la misión del sacerdote no consiste en reflejar las tendencias culturales del momento, sino en configurarse con Cristo y servir fielmente a la verdad revelada.

Los documentos sobre la formación sacerdotal buscan precisamente proteger esa misión.

Por ello, cualquier propuesta que contradiga explícitamente los criterios establecidos por la Santa Sede difícilmente puede considerarse compatible con la disciplina vigente de la Iglesia.

El debate puede continuar en distintos ámbitos eclesiales, pero mientras esos documentos permanezcan en vigor, la posición oficial de la Iglesia sigue siendo clara.

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