Argentinos explotan en redes tras perder la final del mundial

El Mundial dejó algo más que futbol. En X, la defensa de Argentina por parte de varios referentes de la llamada batalla cultural de la derecha terminó mostrando un problema más profundo: cuando la identidad se defiende lastimando las heridas abiertas de otro país, la batalla cultural deja de ser cultura y se vuelve visceralidad.

No se trata de negar los problemas de México. La violencia, las desapariciones, el crimen organizado y la desigualdad existen y duelen. Pero una cosa es mirar esas heridas con responsabilidad, y otra convertirlas en argumento para humillar a un pueblo entero. Ahí está el riesgo moral: usar el sufrimiento real de las víctimas mexicanas como munición en una discusión mundialista.

Cristian Rodrigo Iturralde, por ejemplo, publicó durante la polémica del partido México-Ecuador que “Ecuador se dejó ganar con México” y remató afirmando que “México es un narco estado”. Esa publicación fue recogida en una verificación de Al Jazeera sobre rumores de amenazas de cárteles a selecciones extranjeras; la misma nota señaló que el video usado para alimentar esa narrativa no correspondía al Mundial 2026 ni a esos equipos. El punto no es solo si una hipótesis era cierta o falsa, sino la velocidad con la que una sospecha deportiva se transformó en condena nacional.

Algo parecido ocurre cuando voces como Pablo Muñoz Iturrieta usaron los hallazgos de restos humanos cerca de sedes mundialistas para pedir que a México se le retirara el Mundial. Es verdad que esa tragedia existe y ha sido documentada por medios y organizaciones serias. Pero precisamente por eso no debería usarse como golpe retórico en una pelea de banderas. Cuando una tragedia se convierte en frase de combate, la víctima desaparece por segunda vez: primero en la violencia, luego en el uso político de su dolor.

A esto se sumó otro error todavía más delicado: presentar a Argentina como si fuera la selección que representaba la Cristiandad, bajo el argumento de que muchos de sus jugadores son católicos, mientras se desprestigiaba a otras selecciones por tener musulmanes en sus filas. Esa lectura no es católica; es tribal. Confunde la fe con una camiseta, reduce el cristianismo a pertenencia cultural y convierte la religión del otro en motivo de sospecha.

La fe de un jugador puede ser hermosa, pública y valiosa. Que un futbolista rece, se encomiende a la Virgen o dé gracias a Dios puede ser un testimonio sincero. Pero ningún equipo “representa” la Cristiandad por mayoría religiosa. La Iglesia no es una barra brava internacional. Y el catolicismo no puede usarse para decidir qué selección merece simpatía y cuál debe ser despreciada por la presencia de musulmanes, africanos, migrantes o creyentes de otra tradición.

Mamela Fiallo, otra figura de ese ecosistema, ha escrito que “la batalla es cultural” pero “la guerra es espiritual”, y que lo que se busca es la salvación del otro. Esa frase, tomada en serio, obliga a subir la vara. Si la guerra es espiritual, entonces no puede librarse con desprecio. Si el otro es alguien cuya salvación importa, no puede ser reducido a estereotipo, burla o estadística de horror.

Evangelii Gaudium ofrece una corrección muy clara desde el numeral 269. Francisco recuerda que Jesús no se coloca por encima del pueblo, sino que entra en su vida concreta. En el 270 advierte que no podemos mantener distancia de las llagas humanas. Y en el 271 dice que no estamos llamados a actuar “como enemigos que señalan y condenan”, sino con “dulzura y respeto”.

Esa es la clave: mirar las heridas de México exige cercanía, no superioridad; verdad, no saña; denuncia, no desprecio. Y mirar a un musulmán desde la fe católica exige reconocer primero su dignidad humana, no usar su religión como marca de inferioridad cultural.

Argentina puede ser defendida sin herir a México. Se puede celebrar a Messi, a la selección argentina, su historia y su grandeza futbolística sin convertir los dolores mexicanos en espectáculo. También se puede valorar la raíz católica de muchos argentinos sin usarla como arma contra otros pueblos o credos.

La batalla cultural sin Caridad se vuelve pura trinchera. Puede tener crucifijos en la biografía, frases sobre Dios, patria y familia, pero si su método es pisar la herida del otro o despreciar al diferente, algo esencial se perdió. Porque la mirada católica no se mide por la dureza con la que señalamos al adversario, sino por la verdad y la ternura con la que tocamos el dolor del prójimo.

Al final, el Mundial pasará. Los tuits también. Pero queda una pregunta incómoda: ¿se está defendiendo la fe o solo se está usando la fe para justificar el enojo? Porque una batalla cultural que olvida la Caridad quizá ya no está defendiendo la Cristiandad: solo está defendiendo su propio orgullo.

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