El contundente resultado de la primera vuelta en Colombia deja varias lecciones políticas: el auge de los candidatos antisistema, el desgaste de las fuerzas tradicionales, la creciente importancia del voto útil y el rechazo de amplios sectores sociales a las propuestas progresistas impulsadas por el petrismo.
Por: David Agustín “Bogus” Belgodère
El domingo se celebró la primera vuelta electoral en Colombia. El resultado sorprendió a muchos, pues Abelardo De la Espriella obtuvo cerca del 44% de los sufragios, colocándose en el primer lugar de la contienda. En segundo lugar quedó Iván Cepeda, candidato del petrismo, con aproximadamente el 41% de los votos. En contraste, Paloma Valencia, candidata del uribismo, quedó relegada a un muy distante tercer lugar.
Si bien desde hace semanas la mayoría de las encuestas anticipaban una segunda vuelta entre De la Espriella y Cepeda, y ya mostraban una tendencia desfavorable para Valencia, que obtuviera solamente el 6% de los votos no era algo esperado. Es cierto que su candidatura comenzó a perder fuerza de manera sostenida hace aproximadamente un mes, pero la magnitud de su desplome merece ser estudiada.
Lo que inicialmente parecía una contienda de tres candidatos y una intensa disputa por el segundo lugar cambió radicalmente. El resultado final refleja una marcada concentración del voto en dos grandes fuerzas políticas, dejando poco espacio para una tercera opción competitiva. Sin embargo, sería un error concluir que el uribismo ha desaparecido; la realidad es que sigue siendo una fuerza viva e influyente. No obstante, esta elección deja varias lecciones importantes.
El fenómeno antisistema sigue creciendo
La primera es que el fenómeno de los candidatos antisistema y disruptivos continúa ganando terreno en distintas regiones del mundo. Un empresario que irrumpió en la política en 2025, sin trayectoria previa en cargos públicos y sin estructuras partidistas tradicionales, logró construir en muy poco tiempo una candidatura altamente competitiva a través de un discurso de fuertes contrastes.
Sus propuestas, como poner fin a las negociaciones con grupos terroristas, endurecer las penas siguiendo el modelo de Bukele, defender el derecho a la libre portación de armas, promover los valores tradicionales y oponerse a los postulados del progresismo, como el aborto, la eutanasia, el matrimonio igualitario, la agenda de género y el ambientalismo, encontraron una profunda resonancia en amplios sectores del electorado colombiano.
El desgaste de los candidatos moderados
La segunda lección es que, frente a un mundo en el que el péndulo parece regresar con enorme fuerza tras una década marcada por el avance de la cultura woke, los candidatos moderados, centristas y de posturas ambiguas han comenzado a perder terreno.
Las sociedades demandan definiciones claras y respuestas contundentes ante problemas que consideran prioritarios, como el narcoterrorismo en América Latina, la migración descontrolada en Europa o los efectos de la llamada “occidentalización”, como algunos sectores denominan a la influencia del wokismo en sus sociedades, en ciertas regiones de Asia.
Este fenómeno ha llevado a numerosos electorados a dejar de lado a los candidatos percibidos como tibios o vacilantes y a respaldar a quienes transmiten determinación, convicción y claridad en sus propuestas. En un contexto de creciente descontento e incertidumbre, los liderazgos que prometen transformaciones profundas y posiciones firmes frente a los grandes desafíos mundiales, regionales y nacionales conectan con mucha mayor fuerza con los votantes.
La crisis de los partidos tradicionales
La tercera lección es que el partidismo tradicional parece estar quedando relegado. No necesariamente está desapareciendo, pero sí se encuentra en una situación crítica frente al surgimiento de nuevas ofertas políticas.
Los electorados están cada vez más desencantados con los partidos históricos y optan por alternativas nuevas que sí generan expectativas de cambio. Incluso en casos como el de Estados Unidos, donde Donald Trump alcanzó la presidencia bajo las siglas del Partido Republicano, una organización política con más de dos siglos de existencia, el verdadero motor de su ascenso fue el movimiento MAGA (Make America Great Again).
Si bien Trump utilizó un partido tradicional para competir electoralmente, lo que realmente movilizó a millones de votantes fue un movimiento relativamente reciente, con identidad, discurso y objetivos propios.
El voto útil será cada vez más decisivo
La cuarta lección es que veremos cada vez más candidaturas desfondarse y al llamado “voto útil” cobrar mayor fuerza y relevancia. Ya no será únicamente un fenómeno que defina elecciones cerradas, sino un factor capaz de construir mayorías contundentes.
El mundo está claramente dividido en dos grandes bloques ideológicos, una realidad que se replica en distintas regiones, países e incluso comunidades. Esta dinámica provoca que, dentro de un mismo espectro político (izquierda o derecha), una candidatura termine consolidándose por encima de las demás, mientras las otras pierden impulso hasta caer en la irrelevancia electoral.
El caso de Paloma Valencia es un ejemplo claro. Fue la candidata más votada en las elecciones primarias de Colombia e inició la contienda prácticamente empatada con Abelardo De la Espriella. Sin embargo, al no lograr consolidarse como la principal alternativa frente a Cepeda en las encuestas, su respaldo comenzó a desplomarse.
Pasó de registrar poco más del 20% en las preferencias electorales a obtener apenas el 6% de los votos el día de la elección, quedando muy cerca de algunas fuerzas políticas casi marginales.
¿Por qué ganó De la Espriella?
De la Espriella tuvo todos los elementos necesarios para imponerse en las urnas. Mostró una personalidad disruptiva que, por ejemplo, no vimos en Rafael López Aliaga en Perú. Presentó una agenda y un discurso de marcado contraste frente al petrismo, y supo diferenciarse de otras opciones de derecha y de centro que optaron por posiciones más moderadas, frente a un electorado que demandaba respuestas firmes y definiciones claras.
A ello se sumó la construcción de un vehículo político nuevo, capaz de despertar un genuino sentimiento de esperanza y cambio. Todo esto ocurrió, además, en un contexto de profundo desgaste social, económico y político, que llevó a millones de colombianos a respaldar su candidatura de manera masiva. El hartazgo hacia el petrismo es evidente.
Por ello, es probable que dentro de tres semanas veamos a De la Espriella imponerse con una ventaja superior a la esperada. De concretarse, su triunfo se sumaría al de líderes como Nayib Bukele, Javier Milei, Donald Trump, Daniel Noboa y José Antonio Kast, quienes han capitalizado, e incluso impulsado, este fuerte movimiento del péndulo político.

