Por: Eduardo Verástegui

Hay una ley que ningún discurso, gobierno o aparato de propaganda puede derogar: nadie cosecha lo que no sembró. No se recoge verdad después de haber cultivado mentira, ni virtud después de haber premiado el vicio, ni libertad después de haber educado generaciones enteras para depender del poder. Sin embargo, en México seguimos esperando frutos distintos mientras regamos las mismas raíces enfermas. Queremos gobernantes buenos sin formar ciudadanos buenos; exigimos justicia sin enseñar que existe una verdad superior al capricho humano; pedimos una patria fuerte mientras debilitamos la familia, que es su primera escuela y su primera defensa.

La crisis de México no nació únicamente en Palacio Nacional, en el Congreso o en las dirigencias de los partidos. Comenzó mucho antes, cuando aceptamos que la fe debía encerrarse en lo privado, que el bien y el mal eran asuntos de opinión y que toda verdad podía negociarse. La política termina reflejando la idea que una sociedad tiene del hombre, de la familia, de la autoridad y de Dios. Por eso, cuando una nación expulsa a Dios de su vida pública, el lugar no queda vacío: lo ocupan el Estado, la ideología, el dinero, el resentimiento o cualquier ídolo dispuesto a exigir obediencia.

México no cambiará solo en las urnas

Hace unos días se volvió noticia que Karla Ivette Gómez, dueña del popular Pato Merlín, mostró durante un recorrido por su nueva casa un altar personal en el que aparecía una figura identificada como Baphomet. Ella misma explicó que se trataba del altar de sus creencias. No hace falta inventar historias, atribuirle rituales que no están demostrados ni convertir el caso en un ataque contra una familia. Lo verdaderamente importante es lo que el episodio revela: símbolos ligados al ocultismo pueden instalarse en el centro de la vida cotidiana mientras el crucifijo, el Rosario y el nombre de Dios son ridiculizados, censurados o tratados como amenazas.

No se trata de negar la libertad de nadie, sino de comprender que toda libertad tiene consecuencias y que toda cultura produce frutos. Una sociedad que normaliza cualquier símbolo, creencia o conducta, pero se escandaliza ante los principios cristianos, no puede después fingir sorpresa cuando el voto premia la mentira, la corrupción, la violencia y el desprecio por la vida. ¿Cómo vamos a pedirle a una cultura formada en el relativismo que vote por lo bueno, lo bello y lo verdadero si durante años le hemos repetido que esas realidades no existen o que cada persona puede fabricarlas a su conveniencia?

La boleta electoral no transforma milagrosamente el corazón del ciudadano; simplemente lo retrata. Antes de votar, una persona ya fue educada por su hogar, su escuela, su pantalla, sus referentes y sus hábitos. Si queremos que México elija el bien, primero tenemos que volver a sembrar el bien. Si queremos gobernantes con principios, debemos formar un pueblo capaz de reconocerlos, defenderlos y exigirlos. La batalla política importa, pero llega tarde si antes hemos perdido la batalla cultural y, sobre todo, la batalla espiritual.

Perú: un rosario antes que el poder

Perú acaba de dar un giro político importante con la victoria de Keiko Fujimori y el inicio de un gobierno de orientación conservadora después de años de inestabilidad, fractura y avance de la izquierda. Ese cambio no debe idealizarse ni convertirse en un cheque en blanco. Ninguna elección garantiza por sí sola la restauración de un país y ningún gobernante queda exento del deber de rendir cuentas. Pero tampoco debemos despreciar el significado de que una nación abra una nueva etapa rechazando un proyecto que habría prolongado el desorden y el sometimiento ideológico.

Hace un mes, el 4 de julio, un día después de que Keiko Fujimori fuera proclamada presidente electa, tuve el honor de rezar el Santo Rosario por la paz y la unidad del Perú junto a ella y uno de sus vicepresidentes electos, Miguel Torres. Lo hicimos ante una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que llevé desde México como un signo de la fe que une a nuestros pueblos. Antes de los cargos, los discursos y las ceremonias, pusimos al Perú bajo la mirada de la Madre de Dios y reconocimos que toda autoridad humana está por debajo de una autoridad superior.

Muchos subestiman estos actos. Algunos los reducen a una fotografía, otros los consideran una superstición y no faltan quienes se burlan porque creen que rezar es una forma de escapar de la realidad. Se equivocan. El Rosario no es evasión, debilidad ni adorno de campaña. Es una escuela de humildad, perseverancia y esperanza. Mientras el mundo solo reconoce aquello que produce resultados inmediatos, la fe nos enseña que las semillas más profundas germinan primero en silencio y que ninguna obra verdaderamente grande se sostiene si el alma de quienes la emprenden permanece desordenada.

Rezar tampoco es utilizar a Dios como talismán electoral ni suponer que una oración vuelve impecable a un gobierno. La oración no sustituye la responsabilidad, la vigilancia ciudadana, la preparación técnica ni el trabajo cotidiano; les da fundamento y dirección. Quien se arrodilla sinceramente ante Dios recuerda que el poder no le pertenece, que la dignidad humana no depende de una mayoría y que gobernar significa servir. También comprende que una victoria electoral sin conversión moral puede terminar reproduciendo, con otros colores, los mismos vicios que prometió combatir.

El giro peruano es, por eso, una oportunidad y no una meta cumplida. Sus frutos deberán juzgarse por la defensa de la vida, la familia, la libertad, la seguridad, la justicia y el bien común. Pero aquel Rosario fue una semilla, y las semillas nunca deben despreciarse por su tamaño. México tendría que mirar esa escena y recordar algo elemental: los grandes cambios no comienzan cuando un político recibe una banda presidencial, sino cuando una persona, una familia o una nación se atreve a reconocer de nuevo que necesita a Dios.

Volver a sembrar lo innegociable

México no necesita un nuevo maquillaje partidista, sino una restauración moral. Cambiar los nombres de quienes administran el mismo relativismo no es cambiar el rumbo. Tampoco basta con declararse de derecha si se conservan el miedo, la cobardía y la disposición a negociar todo con tal de obtener un cargo. La derecha sin verdad se vuelve mercadotecnia; el conservadurismo sin valores se convierte en administración de la decadencia; y la política sin Dios termina adorando el poder por el poder mismo.

Por eso debemos recuperar principios verdaderamente innegociables: la defensa de la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural; la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer; el derecho de los padres a educar a sus hijos; la libertad religiosa; la dignidad de cada persona; la justicia sometida a la verdad y no al poder; y una patria soberana que proteja a sus ciudadanos. Si estos principios se negocian por conveniencia electoral, dejan de ser principios y se convierten en accesorios de campaña.

Pero esos valores no se defienden únicamente con publicaciones, mítines o discursos. Se siembran en casa cuando los padres rezan con sus hijos, cuando se vuelve a la Santa Misa, al Rosario y a la confesión, cuando se enseña el Catecismo, cuando se honra la palabra dada y cuando se aprende a servir antes que a mandar. Se siembran también en las escuelas, los medios, el arte, la empresa y la vida comunitaria cada vez que alguien decide no colaborar con la mentira. Una nación vuelve a levantarse cuando sus ciudadanos dejan de delegar su responsabilidad moral en los políticos.

La batalla espiritual no reemplaza la batalla cívica: la precede, la ordena y le da sentido. Tenemos que rezar, pero también organizarnos; formarnos, participar, comunicar la verdad, defender al inocente y exigir cuentas a la autoridad. La oración sin compromiso puede quedarse en sentimentalismo, pero el activismo sin oración acaba fácilmente en vanidad, odio o desesperación. México necesita rodillas capaces de doblarse ante Dios y ciudadanos capaces de mantenerse firmes frente al poder.

No preguntemos solamente qué país queremos cosechar mañana; preguntémonos qué estamos sembrando hoy. Si sembramos miedo, relativismo y comodidad, recogeremos servidumbre. Si sembramos fe, verdad, belleza, valor y servicio, comenzaremos a reconstruir la patria. La restauración de México no vendrá de un eslogan pronunciado desde arriba, sino de una conversión que avance desde cada alma y cada familia. Volvamos a sembrar a Dios, Patria, Familia, Vida y Libertad. Hagámoslo bajo la mirada de Nuestra Señora de Guadalupe y con una certeza que ningún régimen puede arrebatarnos: nosotros damos la batalla, pero solo Dios da la victoria. ¡Viva Cristo Rey!

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