Por: Vanya Thais
Hay partidos que se ganan con táctica. Otros, con talento. Y hay noches, como la que vivió México frente a Ecuador, que se ganan con el corazón. La verdad es que, creo, nunca hemos visto a México jugar así. Lo digo como extranjera, como esposa de un mexicano y como espectadora de mundiales, atenta y consciente desde el 2002.
La selección mexicana venció 2-0 y selló su clasificación a los octavos de final del Mundial, pero el resultado cuenta apenas una parte de la historia. La otra está en las tribunas teñidas de verde, blanco y rojo, en las familias que se reunieron frente al televisor, en los niños que soñaron con ponerse algún día esa camiseta y en los millones de mexicanos, dentro y fuera de su patria, que volvieron a emocionarse con su selección.
Ya en el partido anterior veíamos a Quiñones y a Fidalgo (ambos extranjeros que se enamoraron de México por culpa del América, así no les guste) ganarse a pulso la nacionalidad mexicana. Pero el Quiñones que vimos en el partido frente an Ecuador, explica por qué se siente más mexicano que colombiano. Asimismo, Raúl Jiménez demostrando que la fe y el retorno con gloria y éxito, se saborean salidos del horno, en los tiempos perfectos de dios.
Durante años, el fútbol mexicano ha convivido con críticas, decepciones y eliminaciones dolorosas – y bueno, tampoco es que sea su culpa jugar en CONCACAF. Muchas veces parecía que la esperanza pesaba más que los resultados. Sin embargo, el deporte tiene esa capacidad única de regalar segundas oportunidades. Cuando rueda el balón, también rueda la ilusión y “goles son amores” como decimos en Perú.
Frente a Ecuador, México mostró personalidad, orden y carácter. No fue únicamente una victoria deportiva. Fue la confirmación de que este equipo todavía tiene algo por lo que vale la pena creer. Cada recuperación, cada jugada y cada gol fueron alimentando una confianza que parecía dormida.
Para los millones de mexicanos que viven en Estados Unidos, este triunfo tuvo además un significado especial. Muchos crecieron entre dos culturas, pero nunca dejaron atrás el orgullo por sus raíces. En cada bandera ondeando en Los Ángeles, Chicago, Dallas, Phoenix o Houston quedó claro que la distancia nunca rompe el vínculo con la tierra que los vio nacer o que les heredaron sus padres. Y están viendo el mundial, lagrimeando con la esperanza de preguntarse: “¿Y si sí?”.
El fútbol tiene el poder de recordarnos que una nación también puede abrazarse durante noventa minutos. Por un instante desaparecen las diferencias políticas, sociales o económicas. Solo queda un mismo grito cuando la pelota entra al arco y un mismo escudo en el pecho.
Ahora viene un desafío todavía mayor: Inglaterra espera en los octavos de final. Será un rival de enorme jerarquía y uno de los favoritos del torneo. Pero después de lo demostrado ante Ecuador, México llega con la convicción de que puede competir de igual a igual y seguir escribiendo una historia que ya volvió a entusiasmar a todo un país… Y con todo Hispanoamérica detrás, pidiéndole que haga patria hispana contra el país que buscó romper nuestra hermandad.
Porque, al final, los mundiales no solo se juegan con los pies. También se juegan con la memoria, la identidad y la esperanza. Y en esa cancha invisible, México volvió a ganar y esperamos otra, porque como diría el Chicharito: “Imaginemos cosas chingonas”.

