Durante años, el establishment político y mediático ha insistido en vincular a Donald Trump con Jeffrey Epstein, repitiendo una narrativa diseñada más para desgastarlo políticamente que para esclarecer la verdad. Sin embargo, cuando se revisan los hechos con rigor, el relato se cae. Trump no fue cómplice de Epstein: fue uno de los pocos que lo señaló cuando hacerlo tenía un costo real. Y hoy no solo lo reconoce Forbes, sino que medios locales clave de Florida también aportan contexto decisivo.
Un reportaje reciente de Forbes confirmó que Donald Trump contactó a la policía en 2006 para alertar sobre la conducta de Jeffrey Epstein, cuando este aún se movía con protección social y política. Trump también describió a Ghislaine Maxwell como una persona “malvada”, una apreciación que más tarde sería validada por los tribunales.
Ese dato es crucial porque rompe el mito de la complicidad entre ambos y corrobora la expulsión de Trump a Epstein datada en 2007. No se trata de declaraciones retrospectivas hechas cuando el escándalo ya era público, sino de una acción concreta, temprana y verificable.
El contexto de Palm Beach
La información se vuelve aún más clara cuando se suma el contexto local documentado por el Miami Herald. El diario ha reconstruido cómo, en Palm Beach, Epstein era un personaje conocido, influyente y protegido, pese a los rumores persistentes sobre su conducta. En ese ambiente, las autoridades locales enfrentaban presiones reales y no todos estaban dispuestos a colaborar.
Que Trump haya alertado a la policía del condado en ese momento resulta significativo: no era lo habitual y desde luego, no era lo cómodo. El Herald ha documentado cómo Epstein mantuvo relaciones con figuras poderosas durante años y cómo el sistema falló reiteradamente en detenerlo a tiempo. La llamada de Trump se inscribe, precisamente, en ese período de fallas estructurales.
En 2006, Epstein no era un símbolo universal de corrupción. Era un hombre con dinero, contactos y una red de protección informal. Denunciarlo entonces implicaba enfrentarse a intereses reales, no sumarse a una condena social ya consensuada. Por eso, la decisión de Trump de romper relaciones y dar aviso a las autoridades lo coloca en una posición distinta a la de muchos que hoy guardan silencio o que solo hablaron cuando ya no había riesgos.
Este punto es sistemáticamente omitido en los intentos de ligar a Trump con Epstein, porque no encaja con el relato político que se busca imponer.
La inversión del relato
Cuando el caso Epstein explota años después, ocurre algo revelador. En lugar de concentrar la atención en las redes que lo protegieron durante décadas, parte del discurso público opta por difuminar responsabilidades. En ese proceso, Trump se convierte en un objetivo central.
¿Por qué? Porque había roto con Epstein, porque no formaba parte del consenso silencioso, lo había expulsado de su casa y tenía prohibido el ingreso a cualquiera de sus propiedades; y porque su figura política resultaba incómoda para muchos de los sectores que no denunciaron nada. Convertir al denunciante en sospechoso fue una forma eficaz de desviar la atención.
Durante años, el Partido Demócrata intentó explotar el nombre de Jeffrey Epstein para manchar a Donald Trump, sin embargo, más de 20.000 documentos publicados por el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes no solo debilitan la narrativa demócrata: la destruyen, porque fueron ellos los que mantenían contacto con Epstein, algunos hasta le pidieron financiamiento luego de convicto.
Recordemos a Hakeem Jeffries, del partido demócrata, cuya consultora pidió donaciones a Epstein en 2013 e invitó al delincuente a un evento con Obama. O tal vez a la representante demócrata Stacey Plaskett, quien se mandaba mensajes de texto en pleno horario laboral con Epstein, quien movía los hilos a través de ella. En este reporte también se denuncia a Larry Summers, quien pedía consejos a Epstein y están sus correos hasta el 2019, solo meses antes del arresto del suicidado delincuente.
Vamos a los hechos
A diferencia de otros nombres que aparecen en testimonios, agendas o vuelos, el caso de Trump se sostiene en hechos verificables: ruptura de relación, expulsión de Epstein de su entorno social y contacto con autoridades locales. No hay cargos, no hay procesos judiciales ni condenas que lo involucren.
Lo que sí existe es una campaña persistente de insinuación, basada más en animadversión política que en pruebas. Que ahora medios como Forbes (que además es muy opositor a Trump y su administración) y el Miami Herald aporten contexto sobre estos hechos confirma que información clave fue minimizada o ignorada durante años.
El ensañamiento contra Trump en este tema no nace de la búsqueda de justicia, sino de una verdad incómoda: se atrevió a señalar a alguien que muchos preferían proteger. En un escándalo que dejó al descubierto la podredumbre moral de ciertas élites, Trump quedó fuera del pacto de silencio. Y eso, en política, se castiga.

