En la ceremonia por el aniversario de la Constitución de 1917, Claudia Sheinbaum apeló a la retórica patriótica y al “sentido social” de la Carta Magna. Pero detrás del discurso grandilocuente, quedan preguntas incómodas sobre concentración de poder, reformas exprés (que ni sus aliados toleran) y una lectura ideológica de la historia, nada nuevo bajo el sol.
Este 5 de febrero, desde Querétaro, la presidente Claudia Sheinbaum encabezó la ceremonia por el aniversario de la Constitución de 1917 con un mensaje cargado de consignas políticas. “México no se vende, no se rinde y no se arrodilla”, afirmó, insistiendo en que el país no volverá a ser “colonia ni protectorado de nadie”. La frase funcionó más como declaración identitaria que como explicación de políticas concretas, porque en los hechos vemos que Trump le dice “no más petróleo a Cuba“ y ella dice “Yes, sir“.
Sheinbaum presentó a la Constitución como un texto vivo que su gobierno estaría “recuperando” en su espíritu social. Bajo esa premisa, presumió la aprobación de más de veinte reformas constitucionales y decenas de cambios legales, a los que atribuyó la defensa de la soberanía, los derechos sociales (lo que sea que eso signifique, juzgue usted) y el interés nacional. El problema no es la apelación al texto constitucional, sino el uso político que se hace de él.
¿Y el “balance democrático“?
El discurso omitió cualquier referencia a los costos institucionales de ese alud de reformas. No hubo mención a la erosión de contrapesos, al debilitamiento de órganos autónomos ni a las dudas legítimas sobre la independencia del Poder Judicial. Todo fue presentado como voluntad popular incuestionable, como si disentir fuera sinónimo de traición al país.
La Constitución de 1917, paradójicamente, nació para limitar el poder y evitar su concentración. Sin embargo, el relato oficial la convierte hoy en una herramienta para justificar una expansión constante del Estado y del Ejecutivo, sin un debate público proporcional a la magnitud de los cambios impulsados.
La historia con lente morenista
Sheinbaum volvió a insistir en la narrativa de un pasado “neoliberal” (seguimos esperando que defina “neoliberalismo“) entreguista frente a un presente supuestamente redentor que elimina el cimiento católico de México para dar paso a la exaltación chamánica y socialista.
Es una lectura maniquea que simplifica décadas de historia mexicana y reduce el debate político a una dicotomía moral: o se está con el proyecto oficial o se está contra la nación y eso está lejísimos de lo que todos entendemos por México.
Esa forma de leer la Constitución no la fortalece; la convierte en un símbolo partidista, cosa que nos preocupa porque su antecesor en el grito de independencia hasta incluyó un «Viva la Cuarta Transformación» en un gesto totalmente fuera de lugar. Cuando la Carta Magna deja de ser un marco común y se transforma en bandera ideológica, pierde su función de árbitro y se vuelve instrumento de poder.
La cantaleta de la “soberanía“
Hablar de soberanía exige más que proclamas. Exige explicar cómo se protege la libertad de los ciudadanos, cómo se garantiza la seguridad jurídica, cómo se atrae inversión sin sometimientos, cómo se respeta la división de poderes. Nada de eso fue desarrollado con claridad en el mensaje presidencial.
El acto solemne terminó siendo, más que una conmemoración constitucional, una reafirmación del proyecto político de la izquierda gobernante. Mucho discurso sobre el “pueblo”, pero poco sobre límites, responsabilidades y rendición de cuentas.
Al final, se habló de todo menos de quién controla al poder cuando el poder dice hablar en nombre del pueblo. Ahí la dejamos.

