La escena es clara y perturbadora. Un ministro del Poder Judicial, Hugo Aguilar Ortiz, permanece sentado mientras varios de sus subordinados se inclinan para limpiarle los zapatos. No se trata de un acto privado ni de un descuido sin importancia, sino de una imagen captada en un entorno institucional que refleja una relación de poder profundamente desigual y degradante para quienes aparecen sirviendo.
Lejos de condenar el hecho, Claudia Sheinbaum salió en defensa del ministro y descalificó las críticas, atribuyéndolas a sectores que “no aceptan el cambio” en el Poder Judicial. El argumento resulta funcional, pero peligroso: cualquier cuestionamiento ético queda reducido a una supuesta resistencia política, evitando así una evaluación seria de la conducta de un alto funcionario del Estado.
La explicación que agrava el problema
El propio Aguilar intentó minimizar el escándalo con una frase que ha generado aún más indignación: dijo que todo se debió a que “se le cayó el café con la nata”. La explicación no solo es insuficiente, sino que evade el punto central. Aun si hubiera existido un accidente, nada justifica que trabajadores se arrodillen para limpiar el calzado de su superior. El problema no es la mancha, sino la humillación normalizada.
El episodio contrasta de manera brutal con el discurso oficial sobre la transformación del Poder Judicial, que supuestamente busca acabar con privilegios, excesos y prácticas elitistas. Lo que muestra el video es exactamente lo contrario: una cultura de subordinación extrema y de trato indigno que recuerda a las peores prácticas del viejo régimen que se decía combatir.
Cuando un acto así se justifica desde el poder y se trivializa desde la Presidencia, el mensaje es inquietante. No solo se tolera el abuso simbólico de autoridad, sino que se envía una señal clara de impunidad y desprecio por la dignidad laboral. La pregunta ya no es solo por qué ocurrió esta escena, sino cuántas otras se repiten a diario, fuera de cámara, en nombre de un “cambio” que no cambia nada.

