Violencia, crisis sanitaria y narcotráfico en expansión… pero para la transformación de cuarta, la prioridad es dar un concierto gratuito de Shakira. Son la viva imagen del «pan y circo».
México atraviesa uno de sus momentos más tensos en materia de seguridad y salud pública. En los últimos días se registró una nueva balacera en Acapulco, uno de los destinos turísticos más emblemáticos del país, donde la violencia ligada al crimen organizado continúa dejando víctimas y sembrando temor entre la población.
Paralelamente, los casos de sarampión siguen en aumento en distintos estados de la República. Las autoridades sanitarias han confirmado un crecimiento sostenido de contagios durante 2026, lo que ha encendido alertas epidemiológicas en varias regiones del país.
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A esto se suma la crisis estructural provocada por el narcotráfico: enfrentamientos armados, aseguramientos de droga, disputas territoriales entre cárteles y una percepción ciudadana de inseguridad que no logra revertirse.
En este contexto, el Gobierno de la Ciudad de México anunció la realización de un concierto gratuito de la cantante colombiana Shakira, financiado presuntamente por Modelo, como parte de un evento masivo abierto al público.
El anuncio ha generado reacciones encontradas. Mientras algunos celebran el acceso gratuito a un espectáculo internacional de gran escala, la gran mayoría cuestiona la pertinencia de hacer este evento masivo en medio de una crisis múltiple que incluye violencia armada y brotes epidemiológicos.
La organización de conciertos gratuitos en la capital no es nueva. Sin embargo, el contraste entre los titulares sobre balaceras, alertas sanitarias y operativos contra el narcotráfico con la promoción de un evento multitudinario ha reabierto el debate sobre prioridades públicas.
En un país donde regiones enteras enfrentan inseguridad crónica y donde el sistema de salud vuelve a tensionarse por brotes prevenibles, la discusión no gira en torno a la música ni al entretenimiento, sino a la asignación de recursos y al mensaje político que se envía en momentos de crisis.
La pregunta que queda sobre la mesa no es si la cultura debe ser accesible, sino si este es el momento adecuado; y si el equilibrio entre espectáculo y emergencia nacional está siendo correctamente gestionado.

