El llamado del Papa al diálogo llega en un momento crítico: Cuba enfrenta un colapso económico profundo, mientras el régimen intenta culpar al exterior de un desastre provocado durante décadas desde dentro.
El aumento de las tensiones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba ha vuelto a colocar a la isla en el centro del tablero geopolítico, pero también ha dejado en evidencia una verdad incómoda: el principal drama cubano no se juega en Washington ni en Roma, sino dentro de sus propias fronteras.
Durante su mensaje dominical tras el rezo del Ángelus, el Papa hizo un llamado público a evitar una escalada que termine castigando, una vez más, a la población civil. El Vaticano apeló al diálogo y a la responsabilidad de los actores internacionales, subrayando la necesidad de proteger al pueblo cubano de nuevas consecuencias económicas y sociales.
El pronunciamiento papal se produce en un contexto de creciente fricción bilateral, luego de que el gobierno estadounidense endureciera su postura frente a La Habana, argumentando razones de seguridad nacional y su relación con regímenes hostiles en la región. Desde Cuba, la respuesta fue la habitual: acusaciones de “asfixia económica” y un discurso victimista que omite cuidadosamente el rol del propio sistema político en el empobrecimiento estructural del país.
La advertencia de la Iglesia en Cuba
El llamado del Papa se alinea con la preocupación expresada por los obispos cubanos, quienes en días recientes alertaron sobre el deterioro acelerado de las condiciones de vida en la isla. Escasez crónica, migración masiva, inflación descontrolada y un sistema productivo prácticamente paralizado configuran un escenario que amenaza con un estallido social.

La Iglesia local ha sido clara en un punto clave: cualquier proceso de cambio, interno o externo, no puede seguir recayendo sobre los hombros de los más pobres. Ancianos, familias y jóvenes son quienes pagan el precio de decisiones políticas que no toman y de un modelo económico que no controlan.
No se puede ignorar la verdad
El mensaje del Vaticano busca evitar una mayor confrontación, pero también deja abierta una pregunta incómoda: ¿puede haber un diálogo real sin reconocer la raíz del problema cubano?
Reducir la crisis a un conflicto diplomático con Estados Unidos es una narrativa conveniente para el régimen, pero insuficiente para explicar décadas de fracaso económico, represión política y ausencia de libertades fundamentales. La tensión internacional puede agravar el panorama, pero no lo creó.
Mientras tanto, millones de cubanos siguen atrapados entre sanciones externas y un sistema interno que se niega a reformarse. En ese equilibrio frágil, el llamado del Papa no es solo diplomático: es un recordatorio moral de que ninguna estrategia geopolítica justifica seguir condenando a un pueblo entero a la miseria.

