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En los últimos años se ha vuelto habitual escuchar que los llamados “valores de Occidente” se sostienen sobre una tradición “judeocristiana”. El término se repite como un mantra en discursos políticos, documentos académicos y medios de comunicación, como si se tratara de una verdad histórica indiscutible. Sin embargo, basta revisar con seriedad los hechos para advertir que estamos ante una construcción ideológica moderna, no ante una realidad histórica coherente.

La historia de Europa y en particular de la Cristiandad, demuestra que el cristianismo no se entendió jamás a sí mismo como una prolongación cultural del judaísmo, sino como su cumplimiento teológico y al mismo tiempo, como una ruptura radical en el plano religioso, jurídico y social. La idea de una supuesta “fusión armónica” entre judaísmo y cristianismo es una lectura retrospectiva forzada, nacida en el siglo XX con fines políticos y culturales muy concretos.

1492: el dato que incomoda al relato

Un hecho histórico resulta especialmente incómodo para quienes sostienen el relato “judeocristiano”: en 1492, los Reyes Católicos, con Isabel la Católica como figura central, promulgaron el Edicto de Granada, que ordenó la expulsión de los judíos de los reinos de Castilla y Aragón si no aceptaban el bautismo cristiano.

Este dato no es menor ni accidental. Ocurre en el mismo año en que se consuma la unidad religiosa de España con la toma de Granada y se inicia la expansión cristiana de Occidente hacia el Nuevo Mundo. Para la mentalidad de la época, la unidad política y social solo podía sostenerse sobre la unidad de la fe cristiana, no sobre un pluralismo religioso, por eso las alianzas con los pueblos originarios de las Américas, se sellaron con matrimonios y bautismos, con evangelización. Si Europa hubiese entendido sus valores como “judeocristianos”, esta decisión habría sido absurda e incomprensible. Pero no lo fue, porque no existía tal concepción.

Judaísmo, cristianismo e islam: categorías que la modernidad confunde

Conviene además aclarar otro punto que suele manipularse. Tras 1492, los musulmanes no fueron expulsados de inmediato; inicialmente se les garantizó libertad religiosa. No obstante, en 1502 se decretó en Castilla la conversión forzosa o la salida, dando origen al fenómeno de los «moriscos», que eran musulmanes que se bautizaban pero seguían practicando el islam. La expulsión definitiva llegaría recién entre 1609 y 1614, ya en otro reinado (el de Felipe III).

¿Por qué es relevante este matiz? Porque demuestra que las decisiones no se tomaban desde una lógica racial ni “civilizatoria” moderna, sino desde una lógica confesional cristiana. El problema no era étnico ni cultural, sino religioso: lo que se buscaba preservar era la Cristiandad, no un supuesto “Occidente plural”. La «multiculturalidad» y toda esta idea globalista de «ciudadanos del mundo» y países sin fronteras, viene en el siglo XX y XXI, financiada por aquellos que fueron expulsados en 1492 y que tienen además, grandes capitales en bancos y multinacionales.

El “judeocristianismo” como herramienta política

El concepto de “judeocristianismo” no nace en la Edad Media ni en la España de los Reyes Católicos. Surge en el siglo XX, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, como un intento de redefinir la identidad occidental en clave secular, diluyendo el carácter específicamente cristiano de Europa. Al hablar de “valores judeocristianos”, se evita hablar de Cristo, de la Iglesia, de la ley natural y de la moral objetiva, sustituyéndolos por nociones vagas como “dignidad”, “tolerancia” o “derechos”, reinterpretadas desde marcos ideológicos modernos.

Así, el término se convierte en un comodín útil: sirve para neutralizar el cristianismo, para despojarlo de su pretensión de verdad y para presentarlo como una tradición más dentro de un consenso multicultural que, paradójicamente, termina siendo profundamente anticristiano. Hasta se cambió la misa, con injerencia de estas fuerzas políticas, por lo que se eliminó, solo por dar un pequeñísimo ejemplo, la plegaria para que se conviertan los pérfidos judíos. Ahora llenan de guitarras y panderetas el recordatorio del sacrificio de amor de Nuestro Señor Jesucristo.

Occidente se construyó sobre la cruz

Occidente no se edificó sobre una abstracción llamada “judeocristianismo”, sino sobre el cristianismo católico, con todas sus luces y sombras históricas, pero con una coherencia doctrinal clara. Las universidades, el derecho, la noción de persona, la moral pública y la concepción de la verdad nacieron de una cosmovisión cristiana que no necesitó maquillarse ni diluirse para afirmarse.

Insistir hoy en el mito del “judeocristianismo” no es un ejercicio de rigor histórico, sino un acto de ingeniería cultural. Y como todo mito impuesto, cabe desmontarlo con datos, contexto y memoria histórica. Porque sin verdad histórica, no hay identidad; y sin identidad, Occidente se vuelve fácilmente manipulable y ahora sí, conquistable por aquellos que quieren seguir una agenda para lograr un gobierno supranacional que respondería a los intereses de los enemigos de la cruz, en todas sus formas y denominaciones.

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