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Tras la reciente publicación de millones de páginas de los archivos relacionados con el caso Epstein, el debate político que se generó al respecto puso el foco en una industria que activistas y figuras como Eduardo Verástegui ya habían señalado años atrás, desde que comenzó a plantearse el desarrollo de un proyecto que más tarde se llamaría Sound of Freedom.

Con este proyecto, apoyado por figuras internacionales de la talla de Mel Gibson y Jim Caviezel, Verástegui, de la mano de Angel Studios, desafió a Hollywood y convirtió Sound of Freedom en un fenómeno mundial.

En una industria dominada por grandes estudios, el actor y productor mexicano Eduardo Verástegui apostó todo por una película que Hollywood no quiso financiar ni distribuir. Una película que casi tuvo que arrebatarse de las manos de Disney, pues el proyecto quedó en un congelador del que no querían sacarlo.

¿Por qué? La respuesta fue descalificada como teoría de conspiración, y quienes la planteaban fueron etiquetados como fascistas, conservadores, ultrarreligiosos o conspiranoicos. Pero el tiempo terminó dando la razón a quienes encabezaron el proyecto de la mano del único actor y productor mexicano que decidió alzar la voz para visibilizar algo que el mundo aún se negaba a ver.

¿Cómo suena la libertad?

Sound of Freedom esconde, a plena vista, una peculiaridad interesante. Si bien el nombre en español es Sonido de libertad, en inglés se optó por utilizar la palabra Freedom en lugar de Liberty, y no fue una mera coincidencia ni una decisión tomada al azar. No se quería hablar de la libertad como una expresión superficial o como un estado abstracto, ni como un concepto asociado a las ideologías posmodernas que hoy están en pleno auge e impregnadas en la cultura.

La idea siempre fue entender la libertad como una ruptura de cadenas, cadenas con eslabones armados minuciosamente para impedir que el mundo supiera cómo romperlos. Verástegui no solo advirtió sobre ello, sino que forzó la cerradura al mismo tiempo que recibía burlas, ataques, difamaciones y un sinnúmero de intentos por frenar un proyecto que expondría una realidad hasta entonces relegada.

Sí, existen más películas que denuncian la trata de personas y la explotación sexual infantil, pero ninguna logró lo que Sound of Freedom. Por distintas razones, ya fuera el momento histórico, el contexto cultural, los actores involucrados o el clima político, no contaron con figuras tan mediáticas y polémicas como Eduardo Verástegui, Jim Caviezel o Mel Gibson. Jim fue señalado como propagador de teorías de conspiración; Mel Gibson permanecía en la lista negra de Hollywood; y Eduardo enfrentaba al mismo tiempo un sistema político en México mientras fortalecía vínculos con actores políticos en Estados Unidos.

El proyecto tenía todos los elementos para incomodar y sacudir los cimientos del establishment cultural global. Por eso, el sonido que esa libertad estaba por emitir mantenía a más de uno atento, esperando qué ocurriría. Apagones en salas, acusaciones de censura, campañas de descrédito y un sinfín de ataques no lograron silenciar el eco que el proyecto estaba destinado a generar.

El ruido de la libertad fue ensordecedor

Con un presupuesto de 14 millones de dólares, el proyecto fue rechazado en múltiples ocasiones. Durante ocho años, Verástegui sostuvo la visión, nadó contra corriente, recaudó fondos de manera independiente y se negó a abandonar una historia incómoda para la industria: la denuncia frontal contra la trata de menores.

En los momentos más difíciles, cuando la película ya estaba terminada pero seguía sin encontrar distribución, lejos de rendirse organizó una gira por México y por distintas partes del mundo para crear conciencia sobre esta dura realidad. Presentó la cinta en funciones privadas, foros, congresos y encuentros institucionales. No solo promovía un filme, sino que impulsaba compromisos concretos.

Durante esas giras sostuvo reuniones con gobernadores, líderes políticos y presidentes, firmando acuerdos de colaboración para fortalecer el combate contra la trata infantil. La película dejó de ser únicamente un proyecto cinematográfico para convertirse en una herramienta de incidencia pública y movilización internacional.

Mientras algunos sectores intentaban desacreditar el proyecto calificándolo de “conspiración” o exageración, el paso del tiempo fue colocando el tema en el centro del debate global. Casos de alto perfil, como el de Jeffrey Epstein, evidenciaron que las redes de explotación y abuso no eran fantasías, sino realidades que exigían transparencia y justicia. La exigencia de que listas, archivos y nombres salgan a la luz responde a un principio básico: sin verdad no hay justicia.

Finalmente, tras años de trabajo que ya no era solo promoción de una película sino la construcción de un movimiento de concientización global, la cinta encontró respaldo en la distribuidora independiente Angel Studios.

El 4 de julio de 2023 se estrenó en cines contra todo pronóstico, compitiendo en taquilla con grandes producciones como Indiana Jones and the Dial of Destiny y Mission: Impossible – Dead Reckoning Part One. Lo que parecía una apuesta arriesgada terminó convirtiéndose en un fenómeno. Rompió récords y se posicionó como una de las películas independientes más exitosas de la historia, superando los 400 millones de dólares en recaudación global a través de sus distintas ventanas.

El eco de la libertad

Lo que Verástegui logró con Sound of Freedom no solo quedó en la historia como uno de los mayores éxitos cinematográficos producidos por un mexicano de manera independiente, sino que grabó en piedra una lucha que decidió empezar cuando el mundo aún se rehusaba a ver la realidad.

Sound of Freedom, aun siendo un éxito y dejando una huella en la historia del cine y de la denuncia de las redes de trata en todo el mundo, quedó corta ante la realidad tan oscura y malvada que existe en el mundo real; no porque no quisiera mostrarlo, sino porque esta primera entrega fue solo el comienzo de una denuncia que recorrería todo el mundo.

Verástegui y sus compañeros produjeron una película, pero construyeron un mensaje; un mensaje en el que también escribieron, con sudor y fuerza, una realidad aún más dura que todas las escenas que el espectador tuvo que imaginar durante varios momentos del filme. La guerra espiritual es la madre de todas las batallas. En medio de la trata de personas se esconde el mal en sí mismo, rituales satánicos con bebés, niños y adolescentes que solo comenzaron a hacer ruido tras la liberación de los archivos Epstein; pero las caras detrás de Sound of Freedom no solo siempre lo supieron, sino que siempre lo dijeron.

Más allá de los números, el impacto fue cultural y social. La película colocó en el centro del debate internacional el drama de la explotación infantil y activó conversaciones que durante años permanecieron relegadas. El caso de Sound of Freedom no es solo una historia de éxito comercial. Es la historia de perseverancia frente al rechazo, de convicción frente al escepticismo y de una causa que trascendió la pantalla.

Porque no se trataba solo de hacer cine. Se trataba de rescatar vidas, de defender a los niños. Porque los niños de Dios no están a la venta, ni se tocan ni se rentan.

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