El régimen de Miguel Díaz-Canel ha vuelto a recurrir a una de sus consignas históricas más ideologizadas: la llamada “guerra de todo el pueblo”, una estrategia de defensa nacional diseñada durante la Guerra Fría que plantea la movilización masiva de civiles ante una eventual agresión extranjera.
Según reportes recientes, La Habana ha reforzado este discurso en respuesta a presiones provenientes de Estados Unidos, elevando nuevamente el tono de confrontación.
Más que una política militar concreta, la “guerra de todo el pueblo” es un instrumento propagandístico que el castrismo ha utilizado por décadas para cohesionar internamente a la población bajo una lógica de plaza sitiada. El «enemigo externo» de alguna manera ‘justifica’ la disciplina interna, el control político y la represión de cualquier disidencia que pueda ser interpretada como debilitamiento de la defensa nacional.
El mismo discurso castrista inservible
La estrategia fue diseñada en tiempos de Fidel Castro y se basa en la idea de que toda la sociedad debe convertirse en estructura defensiva ante una invasión. En la práctica, esto significa militarización ideológica, entrenamiento de milicias y un permanente estado de alerta discursiva.
Sin embargo, en el contexto actual, el recurso a esta narrativa parece más un intento de consolidar legitimidad política que una respuesta realista a un escenario bélico. Cuba enfrenta una crisis económica severa, con desabastecimiento crónico, apagones prolongados y una migración masiva sin precedentes. Frente a ese panorama, la retórica de confrontación funciona como válvula de escape para desviar la atención del fracaso estructural del modelo.
Siempre los malos son «los otros»
Cada vez que el régimen cubano enfrenta tensiones internas, vuelve a colocar a Estados Unidos como eje explicativo de todos los males. Esa estrategia tiene una utilidad política evidente: convierte cualquier crítica en sospecha de colaboración con el “enemigo” y refuerza el aparato de control social.
El problema es que esta postura perpetúa el aislamiento internacional de la isla y dificulta cualquier apertura real que beneficie a la población. Mientras otros países de la región buscan integración económica y modernización institucional, el gobierno cubano insiste en una lógica de resistencia épica que pertenece a otra era.
La insistencia de Díaz-Canel en activar la narrativa de «defensa total» no soluciona la escasez de alimentos, la inflación, la crisis energética ni la falta de libertades. Todo lo contrario: profundiza el clima de confrontación y mantiene a la sociedad bajo un estado de tensión permanente.

