Captura de Pantalla | TCN

En una conversación extensa y deliberadamente cautelosa, Tucker Carlson entrevista al investigador independiente Ian Carroll para abordar un tema que muchos medios evitan tocar con seriedad, los nuevos archivos relacionados con Jeffrey Epstein publicados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos y las conexiones que estos revelan con viejas polémicas que nunca fueron aclaradas del todo.

Carlson plantea desde el inicio una inquietud legítima, la liberación de millones de documentos es, al mismo tiempo, un avance y un riesgo, porque mezcla información verificable con material dudoso, lo que puede servir tanto para investigar como para desacreditar el conjunto. Por eso decide concentrarse en un solo hilo, aparentemente menor, pero simbólicamente perturbador, las reiteradas referencias a “pizza” en correos y mensajes vinculados a Epstein.

Reivindicando «conspiranóicos»

La conversación se centra en los correos electrónicos y mensajes que aparecen en los nuevos archivos oficiales, muchos de ellos auténticos, enviados o recibidos por Epstein. Entre referencias cotidianas y otras francamente extrañas, Carlson subraya la frecuencia con la que aparecen expresiones como “pizza” y “pizza parties”, un detalle que inevitablemente remite al caso conocido como Pizzagate, desacreditado en su momento como una teoría conspirativa absurda.

Carroll no afirma conclusiones cerradas, pero sostiene que el problema nunca fue la pregunta, sino la forma en que los medios la caricaturizaron. Según explica, en 2016, cuando WikiLeaks publicó los correos de John Podesta, no solo había referencias políticas sensibles, sino mensajes con lenguaje extraño, menciones a niños y encuentros sociales descritos de manera poco coherente con la realidad cotidiana. En lugar de investigar, la prensa optó por reducir todo a una narrativa ridícula, presentando a críticos como fanáticos que creían en una red satánica dirigida desde el sótano de una pizzería, algo que, según Carroll, nadie serio estaba afirmando.

Lenguaje encriptado

Uno de los momentos más tensos de la entrevista llega cuando Carlson lee un intercambio atribuido a Epstein y a su médico tratante, en el que, tras hablar de medicamentos para la disfunción eréctil, aparece la frase “lavarse las manos y salir por pizza y gaseosa de uva”. Carlson es claro, no acusa, pero se pregunta cómo interpretar ese lenguaje cuando se trata de un hombre con un historial probado de abuso sexual de menores.

Carroll refuerza la idea de que no se trata de probar delitos con metáforas, sino de reconocer patrones de comunicación que no encajan con el contexto, adultos obsesionados con la salud, intercambiando mensajes infantiles y repetitivos sobre comida chatarra, con una carga simbólica que, como mínimo, amerita preguntas formales por parte de las autoridades.

¿Dónde diablos estaba el Estado?

Uno de los ejes más duros del diálogo es la ausencia de respuestas institucionales. Ambos coinciden en que no se trata de exigir arrestos inmediatos ni juicios mediáticos, sino de algo básico, entrevistas formales, interrogatorios, voluntad real de investigar. Carlson insiste en que en cualquier país funcional, mensajes de este tipo, vinculados a un traficante sexual condenado, bastarían para que el FBI o el Departamento de Justicia llamaran a declarar a los involucrados.

Carroll va más allá y señala que la falta de acción no es nueva. Recuerda que durante los primeros registros a propiedades de Epstein, el FBI dejó discos duros y material sensible en manos del propio entorno del acusado, solicitándolos después, lo que imposibilitó verificar si habían sido alterados. Para él, el problema no es solo lo que hoy se conoce, sino todo lo que probablemente se perdió o nunca se quiso ver.

Todos tienen cola que les pisen

La entrevista se amplía hacia un terreno más estructural. Carroll sostiene que Epstein no fue solo un abusador sexual, sino un nodo clave en redes de lavado de dinero, tráfico de influencias y chantaje a élites políticas, financieras y mediáticas. Se mencionan sus vínculos con bancos como Bear Stearns y JP Morgan, su participación en instrumentos financieros ligados a la crisis de 2008 y su cercanía con figuras del poder global.

Carlson recoge esa idea y plantea una pregunta de fondo, si personas con este nivel de influencia operaron durante décadas sin consecuencias, ¿qué dice eso de la supuesta igualdad ante la ley? Para ambos, el caso Epstein deja de ser un escándalo aislado y se convierte en una prueba de hasta qué punto las instituciones han fallado en proteger a los más vulnerables.

En el tramo final, la conversación adquiere un tono casi existencial. Carroll, desde su perspectiva generacional, expresa su preocupación por una juventud que crece asumiendo como normal que el poder esté corrompido y que la justicia no funcione. Carlson coincide, advirtiendo que una sociedad que acepta esa idea pierde la base moral que sostiene la democracia y el Estado de derecho.

Ambos insisten en que el escepticismo no debe llevar a la apatía. Investigar, contrastar fuentes y exigir explicaciones no es conspiracionismo, es un deber cívico.

Esto es solo el comienzo

Lejos de ofrecer respuestas definitivas, la entrevista entre Tucker Carlson e Ian Carroll cumple otra función, volver legítimas preguntas que durante años fueron silenciadas o ridiculizadas. El mensaje central es claro, frente a archivos oficiales, testimonios inconsistentes y un historial probado de abusos, el silencio del Estado es inaceptable.

La historia de Epstein, según se desprende de esta conversación, no es solo la de un criminal individual, sino la de un sistema que permitió, encubrió o ignoró durante demasiado tiempo. Y mientras no haya investigaciones reales, las dudas seguirán creciendo, con o sin pizza de por medio.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *