Moscú se dice dispuesto a negociar un tratado de desarme con Estados Unidos y reactivar el control de armas estratégicas, mientras China rechaza participar y deja en evidencia los límites de cualquier acuerdo en un escenario geopolítico cada vez más fragmentado.
El gobierno de Rusia ha expresado su disposición a iniciar conversaciones con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para negociar un nuevo tratado de desarme nuclear que sustituya o amplíe los acuerdos vigentes entre ambas potencias. La señal enviada desde Moscú apunta a reactivar un canal de diálogo estratégico que, en los últimos años, se ha visto debilitado por tensiones políticas, sanciones y conflictos regionales.
Desde la perspectiva rusa, un nuevo acuerdo permitiría reducir riesgos, establecer reglas claras y evitar una escalada descontrolada en materia de armamento nuclear. Moscú insiste en que el control de armas sigue siendo una responsabilidad central de Rusia y Estados Unidos, países que concentran la mayor parte de las ojivas nucleares del planeta.
El peso del legado de los tratados nucleares
La posible negociación se da en un contexto marcado por el desgaste del sistema internacional de control de armamentos. Tratados históricos que durante décadas limitaron el número de armas estratégicas y establecieron mecanismos de verificación han perdido fuerza o se encuentran en situación incierta. Para el Kremlin, este vacío normativo incrementa la desconfianza y eleva el riesgo de errores de cálculo entre potencias nucleares.
Rusia ha dejado claro que cualquier nuevo acuerdo deberá basarse en condiciones de paridad, sin ventajas unilaterales para Washington, e incluir compromisos verificables que garanticen su cumplimiento. En ese marco, Moscú busca presentarse como un actor dispuesto al diálogo, pero firme en la defensa de sus intereses estratégicos.
China no quiere
El principal obstáculo para un acuerdo más amplio es la negativa de China a participar en negociaciones de desarme nuclear. Pekín sostiene que su arsenal es significativamente menor al de Rusia y Estados Unidos, y que no resulta razonable exigirle los mismos compromisos. Esta postura deja en evidencia una brecha estructural en cualquier intento de construir un tratado trilateral.
La decisión china refuerza la idea de que el equilibrio nuclear global ya no puede entenderse únicamente desde una lógica bipolar. Para Washington, la ausencia de China limita el alcance de cualquier acuerdo y alimenta el argumento de que Pekín se beneficia de un sistema de desarme que no lo incluye de manera directa.
El uso político del desarme
Para la administración Trump, la apertura rusa representa una oportunidad tanto diplomática como política. Un eventual tratado permitiría a la Casa Blanca mostrar liderazgo internacional y retomar una agenda de seguridad que históricamente ha sido clave en la política exterior estadounidense. Al mismo tiempo, la negativa china puede ser utilizada por Washington como un elemento de presión en el marco de su competencia estratégica con Pekín.
Trump ha insistido en la necesidad de acuerdos que, además de reducir armas, refuercen la posición de Estados Unidos frente a sus rivales globales. En ese sentido, el desarme no es solo un asunto técnico, sino también una herramienta de poder y negociación.
Nadie cede
El posible acercamiento entre Rusia y Estados Unidos contrasta con un escenario internacional marcado por la fragmentación y la desconfianza. Mientras Moscú apuesta por un entendimiento directo con Washington, China opta por mantenerse al margen, subrayando los límites de cualquier iniciativa de desarme en un mundo cada vez más multipolar.
Así, el debate sobre el control de armas nucleares vuelve al centro de la agenda global, pero lo hace condicionado por rivalidades geopolíticas profundas que dificultan avances rápidos o consensos amplios. La voluntad rusa y el interés estadounidense abren una puerta, aunque el camino hacia un nuevo tratado efectivo sigue lleno de obstáculos.

