Su real majestad, el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el excelentísimo magistrado Hugo Aguilar decidió presentarse ante la opinión pública como el rostro “humano” y “reconciliador” del Poder Judicial. Lo hizo recurriendo a un viejo recurso del populismo: el simbolismo identitario. En un acto oficial, habló en el dialecto indígena Ñuu Savi (mixteco) pese a dominar perfectamente el español y fue elevado de inmediato por ciertos medios como un ejemplo de sensibilidad social. Pero la puesta en escena duró poco. Muy poco.
El uso de una lengua indígena en un discurso institucional no es, por sí mismo, un acto de justicia ni de inclusión. Cuando no va acompañado de políticas reales, resoluciones concretas o cambios estructurales, se convierte en escenografía política. Un gesto diseñado para emocionar, no para transformar. Justicia no es hablar “como el pueblo”, sino fallar para el pueblo, con coherencia y sin privilegios.
Aun así, medios como La Jornada no dudaron en construir el relato del magistrado como un “símbolo de reconciliación y esperanza”, celebrando el tono del mensaje sin detenerse en lo esencial: la congruencia entre lo que se dice y lo que se hace.
El vídeo viral que rompió su numerito
La narrativa se vino abajo cuando comenzó a circular un video grabado en Querétaro, donde se observa al magistrado permitiendo que sus trabajadores le limpien los zapatos en plena vía pública. No se trata de una anécdota ni de un detalle menor. Es una imagen que contradice frontalmente todo el discurso.
Quien se llenó la boca de dignidad, igualdad y pueblos originarios, aparece aceptando un acto de sumisión personal, impropio de cualquier servidor público y especialmente grave en alguien que ocupa una de las cúspides del poder estatal, que además se jacta de ser austero y vivir en la justa medianía.
Ahí está el núcleo del problema: doble moral. Lenguaje “popular” para las cámaras, ”austeridad republicana” en los discursos, pero prácticas jerárquicas en lo cotidiano. Retórica ”igualitaria” hacia afuera, trato vertical y humillante hacia quienes están abajo. El populismo no consiste solo en decir lo que la gente quiere oír, sino en simular virtud mientras se conserva el privilegio intacto.
Este tipo de conductas no dignifican al Poder Judicial, lo degradan. Porque envían un mensaje: el discurso es para el público, el poder es para el magistrado. Y lo vemos con muchos miembros de la 4T, desde Noroña volando en Prime, hasta Andrea Chávez y su «dyson».
La Suprema Corte de Justicia de la Nación no necesita teatro y populismo para legitimarse. Necesita sobriedad, autoridad moral y coherencia. Cuando un magistrado convierte su cargo en escenario y a sus subordinados en utilería, lo que queda no es esperanza, sino desconfianza.

